Se nos invita a vivir el camino hacia Jesús, de la propia conversión, de reflexionar sobre nuestra propia vida ante la de Él, recordando la caducidad y fragilidad de nuestra existencia.
Durante este camino, conocemos y apreciamos la Cruz de Jesús, ayudándonos ,de esta forma, a tomar la nuestra en nuestras vidas.
Estos cuarenta días de cuaresma nos recuerdan, distintos pasajes de la Biblia que acontecieron en distintos momentos, y que cabe mencionar los siguientes:
- los cuarenta días del diluvio ( Gen. 7).
- los cuarenta días de Moisés en el Sinaí ( Ex. 24, 12-18).
- los cuarenta días de Jonás ( Jonás 3,4).
- los cuarenta años del pueblo de Israel por el desierto para alcanzar la tierra prometida (Deuteronomio 9, 9-11).
- los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto donde fue tentado antes de comenzar su vida pública (Mc 1. 12-13).
Los israelitas pasan 40 años en el desierto, el tiempo necesario para que la generación infiel sea reemplazada por otra. Moisés se queda 40 días en el monte Sinaí, Elías camina 40 días. Jesús ayunó durante 40 días para marcar su transición de la vida privada a la pública.
En este año en el que celebramos los 800 años de la muerte de san Francisco de Asís, la Cuaresma se nos presenta como una oportunidad privilegiada para acercarnos a su experiencia de fe y a su manera de vivir el Evangelio. Para san Francisco, la Cuaresma no era solo un tiempo del calendario litúrgico, sino un camino interior, un tiempo de gracia para volver el corazón a Dios con mayor sencillez y verdad.
Francisco vivía la Cuaresma como un tiempo de silencio, oración y escucha, siguiendo el ejemplo de Jesús en el desierto. Se retiraba a lugares apartados para estar a solas con Dios, dejando espacio para que Él hablara al corazón. En ese silencio, Francisco aprendía a confiar plenamente, sabiendo que Dios cuida de sus hijos y nunca los abandona.
La Cuaresma también era para él un tiempo de pobreza elegida y sobriedad, no como sacrificio triste, sino como camino de libertad. Vivir con poco le ayudaba a centrarse en lo verdaderamente importante y a abrirse más a los demás. Francisco nos recuerda que no necesitamos tener mucho para ser felices, sino amar mucho.
Además, san Francisco entendía la Cuaresma como un tiempo de conversión y fraternidad. Convertirse significaba cambiar la mirada, aprender a ver a cada persona como hermano o hermana, especialmente a los más pequeños, a los pobres y a los que sufren. La oración siempre lo llevaba al compromiso concreto y al servicio humilde.
En este tiempo cuaresmal, inspirados por san Francisco ocho siglos después de su Pascua definitiva, estamos llamados a vivir una Cuaresma sencilla, alegre y auténtica, hecha de pequeños gestos: compartir, perdonar, cuidar la creación, escuchar más y amar mejor. Así, como él, podremos preparar nuestro corazón para la Pascua y descubrir que el verdadero cambio comienza dentro y se expresa en el amor cotidiano.











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