María es la Madre de Jesús, la Madre de Dios. Fue madre dándole a luz en Belén. Fue madre también cuidando de sus pasos de niño, y educándole con cariño. Fue madre aceptando que se hiciera mayor, y que marchara de casa a cumplir la voluntad de Dios enseñando a la gente por ciudades y aldeas. Fue madre sufriendo al pie de la cruz, y gozando con su Resurrección en la mañana de Pascua.
Nosotros queremos llamarla MADRE y pedirle que esté cerca de nosotros. Que cuide nuestro crecimiento como cuidó el de Jesús. Queremos acordarnos de ella y sentirla cerca en nuestros momentos difíciles; y también, en los momentos fáciles y gozosos. Ojalá sepamos quererla como la quería Jesús. Ojalá sepamos imitarla en decirle sí a Dios y elejir en todo momento lo que es bueno y sincero, como lo hizo ella.
¡Santa María Madre de Jesús y Madre Nuestra, ruega por nosotros!
Los mandamientos de la Ley de Dios son diez. Estos mandamientos los dio el mismo Dios en la Ley antigua por medio de Moisés, y Jesucristo los confirmó en la Ley nueva.
Tal como nos cuenta el Antiguo Testamento los mandamientos fueron escritos por el mismo Dios sobre dos tablas de piedra durante el período del Éxodo del pueblo judío, es decir, cuando estaban en el desierto luego de salir de Egipto.
Mientras Moisés estaba meditando en el monte de Sinaí, Dios le entregó estos mandamientos para que se los comunicara a su pueblo elegido.
Está en el poder de cada uno de nosotros guardar, es decir, obedecer, los mandamientos con la gracia de Dios.
Es importante saber los mandamientos de Dios de memoria y guardarlos en el corazón, para tenerlos siempre presentes cuando querramos saber si aquello que hicimos o vamos a hacer desobedece los buenos deseos de nuestro Señor.
Conocer los mandamientos es muy importante ya que eso nos impide caer en pecado y perder la gracia de Dios.
Los tres primeros mandamientos miran a Dios, el resto al prójimo.
Jesús sufrió libremente la muerte por nosotros, pero al resucitar nos regaló su misma vida.
Creemos que, del mismo modo que Él ha resucitado de entre los muertos y vive para siempre, también dará vida a nuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu que habita en nosotros.
La resurrección de la carne significa que no sólo habrá vida del alma inmortal, sino que también nuestros cuerpos mortales volverán a tener vida, igual que el de Jesús.
Francisco de Asís vivió profundamente el sentido de la vida, de la muerte y de la resurrección. Por eso escribió en su Cántico de las Criaturas: «Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar».
REZAMOS
Padre de la vida,
creo en ti y que en ti resucitaremos a una vida nueva.
Creo en la resurrección y en la vida eterna.
Creo que sólo tú eres la fuente de vida verdadera y por ello te doy gracias:
¡Gracias por las noches tranquilas y por las inquietas horas oscuras!
¡Gracias por la salud y la enfermedad, por las penas y las alegrías!
¡Gracias por todo lo que me prestaste y después me pediste!
¡Gracias por la soledad, por el trabajo!
¡Gracias por las dificultades y por las lágrimas!
Te pido fe para verte y reconocerte en todo:
esperanza para no desfallecer.
Caridad perfecta en todo lo que haga.
Dame también buenas dosis de paciencia y de humildad.
Dame desprendimiento y la capacidad de poner a los demás en el centro de mi vida.
¡Que podamos amarte cada vez más y hacerte amar por los que nos rodean!
Amén.
Al dar el Espíritu Santo a sus Apóstoles, Cristo resucitado les confirió su propio poder divino de perdonar los pecados: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 22-23).
El Sacramento de la Reconciliación es como un camino que Dios hace en nosotros. Dios a través de su Espíritu nos conduce a la reconciliación. Es Él que nos hace regresar a su casa.
La Iglesia nos muestra el rostro misericordioso de Dios y necesitamos de su mediación. El sacerdote es mediador no para saber nuestros pecados, sino sobre todo para ser instrumento visible del Perdón que Dios nos regala.
Confesarse es un encuentro de misericordia y de paz. Un encuentro que produce una alegría interior por sentimos perdonados y animados a superamos en nuestra vida.
REZAMOS
Padre Bueno, que te identificas con los necesitados,
con los que buscan tu rostro con sinceridad,
con los que reconocen la necesidad de convertir su corazón…
perdona mis incoherencias, mis infidelidades, mis faltas y errores.
En este tiempo de Pascua concédeme tu perdón por medio de Jesús,
que vino a llamar a los pecadores, a buscar la oveja perdida,
a defender a los pobres, a perdonar a los arrepentidos…
y nos dio la vida con su Resurrección.
Padre Bueno, que al celebrar esta Pascua,
unidos a todos los que marchan por la senda del evangelio,
volvamos nuestra vida hacia Ti,
Dios Padre, único y verdadero. Amén.
Cuando recibimos el Bautismo entramos en una familia más grande que es la Iglesia, donde todos nos llamamos cristianos y somos amigos y discípulos de Jesús. Los cristianos debemos aprender y practicar las enseñanzas de Jesús.
Al igual que todas las familias celebran los acontecimientos importantes, la iglesia como familia vive también unida y celebra acontecimientos que son importantes para todos sus miembros. La Iglesia es una gran familia muy parecida a nuestra familia. Oramos en y por la Iglesia
Señor Dios, vivo y verdadero:
hoy traigo a mi oración a la Iglesia, a tu Iglesia.
En ella he descubierto a Jesús,
en ella me das la oportunidad de seguirle y de servirte.
Señor Dios, creo en la Iglesia.
Como a una madre,
que a pesar de las arrugas y de los achaques,
cada día uno la quiere más,
así me ocurre con la Iglesia:
cada día me siento más orgulloso de ella.
Señor Dios, creo en la Iglesia.
Te pido por la Iglesia perseguida,
discriminada, silenciada y mártir.
Te pido por la Iglesia que necesita reparar algunas grietas
y volver siempre a Jesús. Señor Dios, creo en la Iglesia.
Gracias, Señor, por tu confianza en nosotros para hacer de tu Iglesia
un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz,
para que todos encuentren en ella
un motivo para seguir esperando. Amén.
El Espíritu Santo es la tercera persona de la Santísima Trinidad, distinta del Padre y del Hijo y que posee con ellos una misma naturaleza y esencia divina.
Es un regalo de Dios y su presencia en nuestras vidas nos identifica como miembros de su familia (la Iglesia).
Jesús dice a los discípulos que reciban al Espíritu Santo, después de saludarlos deseándoles la paz. El Espíritu Santo es una nueva presencia de Jesús en medio de su Iglesia, en medio de nosotros. El es quien nos da ánimos y fortaleza ante las dificultades, ante las tentaciones. El nos ayuda a buscar a Dios como lo más importante en nuestras vidas. El nos une en comunidad haciéndonos superar las enemistades, las envidias, las categorías entre unos y otros. El nos ilumina para entender la Palabra de Dios y comprender el por qué de los acontecimientos en nuestra vida y en la de los demás. El nos da sus dones y nos regala sus frutos: paz, alegría, amor, paciencia, bondad, comprensión, castidad, fidelidad, mansedumbre...
REZAMOS:
Espíritu Santo, Espíritu de Dios,
¡Qué sería nuestra fe, y nuestra vida sin ti!
En esta cuaresma te digo desde lo más profundo:
Ven Espíritu Santo, renueva toda mi vida. Creo en ti.
Espíritu Santo, dame la alegría y la fuerza para seguir
en la búsqueda de Jesucristo, el Señor de la Vida.
Ilumina las tinieblas de mi corazón, sé descanso, tregua, brisa y gozo;
riega, sana, lava, calienta, doma, guía y salva mi vida. Creo en ti.
Espíritu Santo, dame sabiduría para vivir según el evangelio,
fortaleza para comprometerme en la defensa de los más pobres,
de los que no tienen trabajo, ni cariño, ni horizonte alguno
y valor para decir la verdad siempre y en todo lugar. Creo en ti.
Espíritu Santo, ayúdame cada día a renacer de nuevo
para servir a Dios y para servir a los demás,
a quien me gustaría reconocer siempre como mis hermanos.
Ven Espíritu Santo, renueva toda mi vida. Creo en ti. Amén.
El punto central del Credo y de nuestra vida es jesús de Nazaret. Te recuerdo lo que ya sabes de su vida por los Evangelios:
Nació en Belén de Judá, en tiempos del emperador romano César Augusto y del rey de Israel Herodes.
Llevó una vida sencilla durante treinta años, trabajando con José y María en el taller de Nazaret
Y luego, durante tres años, tuvo una vida llena de milagros para hacer el bien y unas enseñanzas jamás escuchadas hasta entonces. Milagros que solo los podía hacer alguien que fuera Dios.
Creemos que Jesús de Nazaret NO fue un sabio o un maestro más, sino que ES Dios hecho hombre, de carne y huesos como los nuestros, con un corazón lleno de amor hacia todos.
Y a Jesús le llamamos nuestro Señor, porque domina sobre el mundo: tiene poder de hacer milagros, de someter espíritus, de resucitar muertos, de perdonar los pecados. La mayor prueba de ese dominio fue su Resurrección al tercer día de morir.
Por todo lo anterior, Dios, además de poder llamarle Señor, tiene un nombre propio desde la noche de Belén: Jesucristo.
REZAMOS EN FAMILIA
Jesús, Cristo, Hijo único de Dios,
Señor de nuestra vida y vida nuestra, creo en ti.
Permíteme, una vez más, que te hable como a un amigo.
Contigo, Jesús, yo no tengo necesidad de presentarme.
Tú ya sabes todo de mí.
Ninguno de mis pensamientos está escondido ante ti,
ninguna de mis búsquedas, ninguno de mis sueños.
Tú sabes cómo me llamo y me llamas por mi nombre.
Me llamas de tú y yo hago lo mismo: ¡No somos extraños!
Creo en ti, Señor Jesús.
Pero una cosa que no lograré jamás entender es:
¿Cómo has hecho para enamorarte tanto de mí?
Creo en ti, Señor Jesús.
Y como decía el Hermano Francisco,
¡Cuán santo y cuán amado es tener un tal hermano y un tal Hijo,
agradable, humilde, pacífico, dulce, amable y más que todas las cosas deseable,
nuestro Señor Jesucristo! Amén
¿Por qué la profesión de fe comienza con «Creo en Dios»? La profesión de fe comienza con la afirmación «Creo en Dios» porque es la más importante: la fuente de todas las demás verdades sobre el hombre y sobre el mundo y de toda la vida del que cree en Dios.
Dios nos ha escrito una larga carta que llamamos Biblia, por medio de escritores sabios a los que les hablaba en el fondo de su espíritu. El primer libro de la Biblia lo llamamos GÉNESIS.
«En el principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era caos y vacío, la tiniebla cubría la faz del abismo y el espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas» (Génesis 1, 1-2).
Ese caos se fue ordenando mientras Dios hablaba. Y Dios dijo: haya día y noche, haya cielo y tierra, mar y tierra, plantas y animales, sol y luna.
«Y vio Dios todo lo que había hecho; y he aquí que era muy bueno» (Génesis 1, 31).
Un científico alemán llamado KEPLER, en el siglo XVII, con sus investigaciones sobre las estrellas y los planetas, descubrió las leyes matemáticas que explicaban el movimiento de los planetas alrededor del Sol. ¿y sabes lo que dijo? Que todo estaba perfectamente ordenado, como si una MENTE grandísima hubiera puesto cada estrella y planeta en su sitio justo. El universo es como un gran libro de ciencias y conocimiento del medio.
Ese libro aprenden a leerlo los científicos y los estudiantes como tú, pero ¿quién lo ha escrito? DIOS todopoderoso, creador del cielo y la tierra.
Si miras a tu alrededor, comprobarás que Dios tiene razón, todo es bueno y admirable: las jirafas, las águilas y las abejas, las imponentes montañas o las profundidades del mar llenas de maravillas, los volcanes y los ríos. Y lo mejor: tú, yo, nosotros, con nuestra inteligencia para conocer y nuestro corazón para amar.
Solo hay algo malo: nuestros pecados, pero para esto también Dios hizo algo muy bueno... se hizo hombre para salvarnos por medio de Jesús de Nazaret.
REZAMOS EN FAMILIA
Padre Bueno, todo bien, sumo bien,
Señor Dios vivo y verdadero, creo en ti.
Creo en ti en este momento de la historia
en el que quiero que sigas siendo
la razón primera y última de mi vida.
Creo en ti, que eres Padre,
y que en tu desconcertante sencillez
eres también Todopoderoso.
Creo en ti, Dios Padre,
y eso me recuerda cada instante
que soy criatura tuya, hechura de tus manos,
hijo tuyo, hermano de tantos…
Creo en ti, Dios Padre,
y eso me invita, una vez más,
a revisar mis búsquedas, mi seguimiento,
mi fidelidad a tu apuesta definitiva y cariñosa por mí.
Hazme consciente de lo que significa creer hoy en ti
y dame la capacidad necesaria para profesar con palabras, gestos y obras
que por ti, creo en ti, Dios Padre todopoderoso. Amén