En este final de curso queremos rezar la oración de la fraternidad, el sueño de una sociedad más fraterna, más justa y más evangélica, donde todos seamos uno, seamos HERMANOS.
Señor, ayúdanos a vivir toda nuestra vida, como Francisco de Asís, con sabor a Evangelio y a poner en práctica al sueño de una sociedad fraterna en este momento en que, en nuestro mundo, los sueños se rompen en pedazos.
Ayúdanos a vivir todos como hermanos más allá de las distancias de procedencia, nacionalidad, color o religión, de modo que el nuevo sueño de fraternidad y de amistad social no se quede solo en palabras sino que se convierta en realidad.
Que, en esta época que nos toca vivir, reconozcamos la dignidad de cada persona humana y podamos hacer renacer entre todos un deseo mundial de hermandad.
Señor, haz que nuestro corazón y nuestra mente se abran al diálogo con todas las personas de buena voluntad. Ayúdanos a vivir la vida con sabor Evangelio y a poner en práctica el sueño de una sociedad fraterna.
«¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: Éstos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mateo 12, 48-50).
¡Uff, qué difícil es ser hermano! Y es que «los amigos se escogen, los hermanos se acogen» como diría san Francisco de Asís. A los hermanos se les acepta con amor, se les quiere como son. Siempre buscamos lo mejor para ellos, los aconsejamos, los ayudamos y a la vez nos dejamos aconsejar y ayudar por ellos. Es una relación mutua de amor, que no se elige, se acoge.
Los amigos de san Francisco estamos llamados a ser hermanos de todos, sin preferencias de ningún tipo. Todos son importantes para nosotros. Sea quien sea, haga lo que haga, ha de saber que tiene un hermano en nosotros en quien confiar.
Por eso debemos trabajar por mejorar constantemente y vencer el egoísmo día a día. Y es hermoso saber que esta lucha la llevamos juntos, nos apoyamos en la batalla, entre nosotros y con Jesús, el maestro en amar.
Un día los colores riñeron, todos decían ser el mejor.
El verde dijo: Soy símbolo de la vida y esperanza. Cubro el campo y las hojas.
El azul interrumpió: Tú solo piensas en la tierra, pero también debes pensar en el cielo y el mar. El agua es el fundamento de la vida. El cielo da espacio, paz y serenidad.
El amarillo dijo: Vosotros son tan serios; yo traigo risa y alegría. El sol es amarillo; al mirar un girasol todos sonríen, sin mí no habría diversión.
El anaranjado replico: Yo soy el color de la salud y la fortaleza. Llevo las vitaminas más importantes, pensad en la zanahoria y naranja. Cuando lleno el cielo y el amanecer o a la caída del sol, mi belleza es la más impresionante.
El rojo grito: Soy el que gobierna, soy la sangre de la vida. Estoy dispuesto a luchar por la causa, traigo el fuego de la sangre, soy la pasión y el amor.
El violeta dijo: Soy de la realeza, el poder. Los reyes, comandantes y obispos siempre me han escogido porque soy el símbolo de autoridad y sabiduría, la gente me escucha y obedece.
Finalmente, el añil habló: Soy el color del silencio difícilmente me notaré pero sin mi todo sería más superficial. Represento el pensamiento y la reflexión.
Los colores siguieron alardeando, cuando hubo un destello sorprendente. La lluvia comenzó a caer implacable, los colores se agacharon y con temor se acercaba el uno con el otro para abrigarse.
La lluvia dijo: Vosotros, colores necios, lucháis entre vosotros tratando de dominar al resto. ¿No sabéis que cada uno fue hecho con un propósito especial único y diferente? Cogeros de las manos y venid a mí.
Y la lluvia continuó: De ahora en adelante cuando llueva os uniréis y cruzaréis el cielo formando un gran arco de color como recuerdo que todos pueden vivir en paz.
Si cada uno sólo piensa en sí mismo, en destacar, en quedar bien, se crea un ambiente desagradable. Es una situación de competición, de envidia, incluso de ponernos trabas para quedar por encima del otro.
En cambio, cuando cada uno aporta lo que sabe, lo que tiene, lo que vale, y lo hace con ánimo de colaborar, entonces entre todos logramos mucho más, porque la unión de todos es mucho más que la suma independiente de cada uno. Todos nos enriquecemos con todos y creamos un ambiente de amistad y de cooperación.
Gracias Señor por nuestras diferencias, porque a pesar de ellas somos amigos. Gracias Señor porque nos parecemos en muchas cosas, y porque nos parecemos a ti. Señor Jesús, Tú quieres que todos nosotros vivamos como hermanos, compartiendo lo que tenemos distinto, valorando lo que tenemos igual. Enséñanos a ser simpáticos, pacientes y tolerantes con todo el mundo.
Señor y Padre de la humanidad, que creaste a todos los seres humanos con la misma dignidad, infunde en nuestros corazones un espíritu fraternal. Inspíranos un sueño de reencuentro, de diálogo, de justicia y de paz. Impúlsanos a crear sociedades más sanas y un mundo más digno, sin hambre, sin pobreza, sin violencia, sin guerras. Que nuestro corazón se abra a todos los pueblos y naciones de la tierra, para reconocer el bien y la belleza que sembraste en cada uno, para estrechar lazos de unidad, de proyectos comunes, de esperanzas compartidas. Amén.
Señor, ayúdanos a vivir toda nuestra vida, como Francisco de Asís, con sabor a Evangelio y a poner en práctica al sueño de una sociedad fraterna en este momento en que, en nuestro mundo, los sueños se rompen en pedazos. Ayúdanos a vivir todos como hermanos más allá de las distancias de procedencia, nacionalidad, color o religión, de modo que el nuevo sueño de fraternidad y de amistad social no se quede solo en palabras sino que se convierta en realidad. Que, en esta época que nos toca vivir, reconozcamos la dignidad de cada persona humana y podamos hacer renacer entre todos un deseo mundial de hermandad. Señor, haz que nuestro corazón y nuestra mente se abran al diálogo con todas las personas de buena voluntad. Ayúdanos a vivir la vida con sabor Evangelio y a poner en práctica el sueño de una sociedad fraterna.