San Francisco y san Buenaventura tenían mucho en común.
San Francisco vivió tan unido a Jesús que aprendió a descubrir a Dios en todo lo que le rodeaba: en la naturaleza, en las personas y en la vida cotidiana. San Buenaventura recogió esa misma idea y la convirtió en una enseñanza: decía que quien quiere comprender de verdad el mundo debe mirarlo con los ojos de la fe, sabiendo que todo ha sido creado por Dios y que todo puede acercarnos a Él. Para los dos, conocer a Cristo era la clave para entender la vida y encontrar la verdadera felicidad.
San Francisco puso el corazón. San Buenaventura puso la inteligencia.
San Francisco enseñó con su vida que seguir a Jesús cambia la manera de mirar el mundo. Amó a todas las personas, respetó la naturaleza y vivió con sencillez y alegría.
San Buenaventura admiró tanto esa forma de vivir que quiso comprenderla y explicarla. Por eso escribió que la fe y la razón no están enfrentadas: cuando buscamos la verdad con sinceridad, acabamos encontrándonos con Dios.
Francisco nos enseña a vivir el Evangelio; Buenaventura nos ayuda a comprenderlo. Juntos nos muestran que el corazón y la inteligencia deben caminar siempre unidos.
Como se representa a San Buenaventura en el arte:
“El odio a la falsedad es inherente al alma; pero todo odio nace del amor, por lo tanto el amor a la verdad está mucho más arraigado en el alma y especialmente en esa verdad para la que fue hecha”.
![]() |
| BAGNOREGIO, CERCA DE VITERBO (ITALIA) |
Nacido en la actual “ciudad que muere” de Bagnoregio, cerca de Viterbo, Juan Fidanza es hijo de un médico. Pronto se dio cuenta de que no quería seguir el camino de su padre; según una leyenda que explicaría también la adopción de su nombre religioso, el factor decisivo habría sido el encuentro con San Francisco de Asís que, de niño, lo habría curado de una grave enfermedad marcándole la frente con la cruz y exclamando: “¡Oh, buena ventura!”. A los 18 años se fue a estudiar a París, donde ingresó en la Orden de los Frailes Menores y terminó sus estudios en 1253, convirtiéndose en magister y obteniendo la licencia para enseñar teología.
Hostilidad hacia las órdenes mendicantes
Mientras tanto, sin embargo, ha estallado una terrible lucha interna entre los maestros seculares y los maestros pertenecientes a las órdenes mendicantes, que durante cierto tiempo no son reconocidos por las universidades. La disputa tiene su origen en la Alta Edad Media, cuando en el siglo XII la Iglesia había condenado inicialmente como herejes a los movimientos religiosos pauperistas, hasta que el Papa Inocencio III los incluyó en el cuerpo eclesial bajo la autoridad directa del Papado. La tensión volvió en el 1254 con la publicación de una obra que profetizaba el advenimiento de una nueva Iglesia fundada única y exclusivamente en la pobreza y que debería haberse materializado en el 1260.
El franciscano Cardenal
Mientras tanto, en 1257, Fray Buenaventura se convirtió en Ministro general de los Hermanos Menores y este nuevo cargo lo obligó a dejar la enseñanza y a viajar por toda Europa. En 1260 escribió una nueva biografía de San Francisco, la Legenda Maior, que sustituyó a todas las biografías existentes y se fijó el objetivo de fortalecer la unidad de la Orden – que ahora tiene treinta mil – amenazada tanto por la corriente espiritual como por las tendencias mundanas.
Giotto se inspiró en esta obra para pintar el ciclo de las Historias de San Francisco. En 1271 regresó a Viterbo y ofreció su contribución a la resolución del famoso cónclave, el más largo de la historia, que finalmente eligió a su amigo: Gregorio X. Fue este Papa quien, dos años más tarde, lo consagró Obispo de Albano y Cardenal encomendándole la tarea de organizar un Concilio en Lyon para la unidad entre las Iglesias latina y griega. Precisamente durante este Concilio, después de dos intervenciones, Buenaventura murió en 1274.
En 1588 el Papa Sixto V lo cuenta entre los Doctores de la Iglesia – que en ese momento eran seis – junto a Santo Tomás de Aquino, distinguiéndolos como el Doctor seráfico a Buenaventura y Doctor angélico a Tomás. Su aportación a la doctrina teológica es muy importante: en primer lugar, a partir del pensamiento de San Agustín, expresa la necesidad de subordinar la filosofía a la teología, ya que el objeto de esta última es Dios. La filosofía, por tanto, sólo puede ayudar en la búsqueda humana de Dios devolviendo al hombre a su propia dimensión interior – el alma – que hay que reconducir, precisamente, a Dios.
Además, San Buenaventura sostiene que Cristo es el camino para todas las ciencias y que sólo la Verdad revelada puede fortalecerlas y unirlas hacia la meta perfecta, la única meta que es siempre el conocimiento de Dios. Por lo tanto, el Santo, que defiende la tradición patrística y lucha contra el aristotelismo, llega a la conclusión de que el único conocimiento posible es el contemplativo.
La expresión de la Santísima Trinidad en el mundo
Siempre de derivación agustiniana, es también muy importante la elaboración de la teología trinitaria de San Buenaventura. En la práctica él evidencia que el mundo es una especie de libro en el que emerge la Trinidad de la que fue creado. Dios, pues, uno y trino, está presente como "vestigio", o huella, en todos los seres animados e inanimados; como "imagen" en las criaturas dotadas de intelecto como el hombre; como "similitud" en las criaturas justas y santas, tocadas por la Gracia y animadas por las virtudes de la fe, de la esperanza y de la caridad que las hacen hijas de Dios.
750º ANIVERSARIO DE LA MUERTE
DE SAN BUENAVENTURA 1274-2024
“Buenaventura fue amado por Dios y por el pueblo de los fieles” y “todos los que le conocieron en vida se llenaron de profundo afecto hacia él”
En julio de 1274, terminaba la vida de Buenaventura, gastada con generosidad y pasión en tres ámbitos que representan también para nosotros aspectos constitutivos de nuestra vocación religiosa que hemos de “meditar”, como nos invitaba Pablo VI al principio, con “atención”. Como maestro de teología, Buenaventura nos enseña el camino de la inteligencia sapiencial por el que podemos pasar de la confusa oscuridad del bosque a una comprensión más profunda de nuestra fe (iluminación), sacando “las cosas ocultas a la luz”. Como ministro de la Orden, nos recuerda nuestro compromiso de hacer de nuestra vida un testimonio animado por la disposición a la renovación (purificación) de modo que, incluso en circunstancias temporales y culturales radicalmente distintas, nuestra vida de minoridad siga siendo un “espejo luminoso de santidad”. Como místico, nos muestra el centro desde el que todo se origina y se realiza, es decir, Cristo Crucificado, que desde la cruz otorga “el fuego del Espíritu Santo” por medio del cual alcanzamos nuestro fin último: “ser trasladados” y “transformados en Dios”, el Uno que llena todas las cosas y las hace buenas y bellas.
2 de febrero de 2024 PRESENTACIÓN DEL SEÑOR












