Jesús les dijo: al principio de la creación Dios “nos hizo hombre y mujer. Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne”. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por lo tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. (Mc 10,2-16)
El Evangelio del próximo domingo es una invitación a cuidar la familia, como regalo precioso de Dios. Escuela de amor y de acogida, de perdón y reconciliación. Es tan necesario que los niños tengan la oportunidad de sentir el amor de Jesús a través de sus padres. “Dejad que los niños se acerquen a mí”.
No provoquemos grietas irreparables en la comunidad central de la vida. Mimemos la convivencia familiar, los pequeños y grandes detalles, el acompañamiento de sus miembros, la donación gratuita. A pesar de la atmósfera envolvente, apostemos por la familia y por poner a los niños en un clima donde puedan sentir la presencia del Señor en medio de ellos.
Unidos en Dios, como dice Patxi Fano, “vivamos uniDios”, unidos en los esencial: el amor a Dios y a los hermanos. Que esa fragancia de su Amor nos envuelva con el don de la comunión y la donación.
Dibu: Patxi V. FANO Texto: Fernando Cordero ss.cc.
Un día los colores riñeron, todos decían ser el mejor.
El verde dijo: Soy símbolo de la vida y esperanza. Cubro el campo y las hojas.
El azul interrumpió: Tú solo piensas en la tierra, pero también debes pensar en el cielo y el mar. El agua es el fundamento de la vida. El cielo da espacio, paz y serenidad.
El amarillo dijo: Vosotros son tan serios; yo traigo risa y alegría. El sol es amarillo; al mirar un girasol todos sonríen, sin mí no habría diversión.
El anaranjado replico: Yo soy el color de la salud y la fortaleza. Llevo las vitaminas más importantes, pensad en la zanahoria y naranja. Cuando lleno el cielo y el amanecer o a la caída del sol, mi belleza es la más impresionante.
El rojo grito: Soy el que gobierna, soy la sangre de la vida. Estoy dispuesto a luchar por la causa, traigo el fuego de la sangre, soy la pasión y el amor.
El violeta dijo: Soy de la realeza, el poder. Los reyes, comandantes y obispos siempre me han escogido porque soy el símbolo de autoridad y sabiduría, la gente me escucha y obedece.
Finalmente, el añil habló: Soy el color del silencio difícilmente me notaré pero sin mi todo sería más superficial. Represento el pensamiento y la reflexión.
Los colores siguieron alardeando, cuando hubo un destello sorprendente. La lluvia comenzó a caer implacable, los colores se agacharon y con temor se acercaba el uno con el otro para abrigarse.
La lluvia dijo: Vosotros, colores necios, lucháis entre vosotros tratando de dominar al resto. ¿No sabéis que cada uno fue hecho con un propósito especial único y diferente? Cogeros de las manos y venid a mí.
Y la lluvia continuó: De ahora en adelante cuando llueva os uniréis y cruzaréis el cielo formando un gran arco de color como recuerdo que todos pueden vivir en paz.
Si cada uno sólo piensa en sí mismo, en destacar, en quedar bien, se crea un ambiente desagradable. Es una situación de competición, de envidia, incluso de ponernos trabas para quedar por encima del otro.
En cambio, cuando cada uno aporta lo que sabe, lo que tiene, lo que vale, y lo hace con ánimo de colaborar, entonces entre todos logramos mucho más, porque la unión de todos es mucho más que la suma independiente de cada uno. Todos nos enriquecemos con todos y creamos un ambiente de amistad y de cooperación.
Gracias Señor por nuestras diferencias, porque a pesar de ellas somos amigos. Gracias Señor porque nos parecemos en muchas cosas, y porque nos parecemos a ti. Señor Jesús, Tú quieres que todos nosotros vivamos como hermanos, compartiendo lo que tenemos distinto, valorando lo que tenemos igual. Enséñanos a ser simpáticos, pacientes y tolerantes con todo el mundo.
Señor y Padre de la humanidad, que creaste a todos los seres humanos con la misma dignidad, infunde en nuestros corazones un espíritu fraternal. Inspíranos un sueño de reencuentro, de diálogo, de justicia y de paz. Impúlsanos a crear sociedades más sanas y un mundo más digno, sin hambre, sin pobreza, sin violencia, sin guerras. Que nuestro corazón se abra a todos los pueblos y naciones de la tierra, para reconocer el bien y la belleza que sembraste en cada uno, para estrechar lazos de unidad, de proyectos comunes, de esperanzas compartidas. Amén.
Señor, ayúdanos a vivir toda nuestra vida, como Francisco de Asís, con sabor a Evangelio y a poner en práctica al sueño de una sociedad fraterna en este momento en que, en nuestro mundo, los sueños se rompen en pedazos. Ayúdanos a vivir todos como hermanos más allá de las distancias de procedencia, nacionalidad, color o religión, de modo que el nuevo sueño de fraternidad y de amistad social no se quede solo en palabras sino que se convierta en realidad. Que, en esta época que nos toca vivir, reconozcamos la dignidad de cada persona humana y podamos hacer renacer entre todos un deseo mundial de hermandad. Señor, haz que nuestro corazón y nuestra mente se abran al diálogo con todas las personas de buena voluntad. Ayúdanos a vivir la vida con sabor Evangelio y a poner en práctica el sueño de una sociedad fraterna.